ALMAAZ

Julia Carrillo es sin duda una de las artistas más atrayentes en la escena del arte contemporáneo en México. Su constante interés por los cruces entre la ciencia y el arte, así como la experiencia poética que resulta de las mismas es una de sus marcas personales. La luz, la geometría, el estudio de los cuerpos en el espacio, lo concreto tangible y la materialidad vibrante.

 

En su pieza ALMAAZ, cuyo título refiere a una estrella binaria localizada en Auriga, Carrillo marca de entrada una metáfora estelar. Una metáfora que sin más, nos lleva a preguntarnos por el movimiento de una pareja de cuerpos celestes, el resplandor que emanan, la abstracción de la distancia, el deseo de cercanía, la conspiración de la luz y también de la sombra. Los medios de los cuales hace uso, nos conducen por su parte, a experimentar la posibilidad de la transposición, y toda clase de pequeñas pulsaciones que Julia coloca en Almaaz.

La obra a primera vista, parece mostrarse en tanto ‘objeto-escultura’ de madera que ‘flota’ en el espacio de la galería. Con 90cm de alto, casi 3 metros de largo y 1 de ancho, el objeto constantemente perturba la gravedad por suspensión. Pero la pieza no es sólo lo que vemos delante, un tangible-visible. En cada uno de los extremos se abre una ventana para mirar al interior del mismo. Ahí descubrimos, que la pieza es también un ‘artefacto-óptico’, es decir, un artefacto del dar para ver. El exterior y el interior se pertenecen uno a otro sin completarse. Ambos dependen del espacio que los rodea, del arriba, del abajo, de la luz que se filtra, del movimiento de quien recorre ese afuera. La incertidumbre se alza: si bien el tamaño exterior se impone porque la razón del ojo está entrenada para medir y calcular todo aquello que se nos presenta delante, al mirar el adentro, esa razón se desquebraja. El sentido de dimensión es totalmente paradójico en el interior; y viene aquí la aporía, pues el espacio sencillamente se expande. El interior jala hacia sí el interés de la mirada, y nos volcamos a la posibilidad del fenómeno inmaterial de los fractales, los juegos de luz, los desdoblamientos del tiempo-espacio y por qué no decirlo, de la imagen-movimiento. Voluminosidad filtrada que articula una combinación sumamente inesperada. En medio de un mundo rodeado por tecnologías de vigilancia, que nos observan para controlar y registrar, emerge una práctica que sin radicalizar una postura propiamente ‘resistente’, hace del artefacto óptico un retorno a los tiempos de la contemplación y la interacción lúdica. Tiempos invaluables para la Historia del Arte.

Sin duda también recuerda a Beckett, Luz. Su debilidad. Su amarillo. Su omnipresencia como si cada uno de los cerca de ochenta mil centímetros cuadrados de superficie total emitieran su resplandor. El jadeo que lo agita. Se detiene de tanto en tanto como un aliento que finaliza. Su estancia tal vez terminará. [Y sin embargo] al cabo de unos segundos todo recomienza.

La obra es dinámica siempre que su entorno sea dinámico. Y esos dos ojos-ventanas, espejean en su pasaje hacia el adentro. Ahí nos espera un riguroso estudio de la geometría, de ángulos y de espejos en tanto medios-mediaciones. Julia transforma la estabilidad del sólido externo al propiciar el flujo de la luz en juego y el desdoblamiento sensorial infinito.

La experiencia estética puede ser individual, pero también tentación a lo interactivo; si alguien en ese preciso momento, se asoma desde la ventana opuesta, lo que se desdobla, segundo a segundo, es el rostro del otro que finaliza, termina y recomienza al confundirse y perderse con el propio.  

 

Karla Jasso